¿Qué ocurriría si la lectura de «Bambi, una vida en el bosque» -la novela original del austriaco Félix Salten publicada en 1923- fuese, junto con el examen de admisión, el nuevo requisito de ingreso a la universidad? La pregunta es buena porque no se trata de una obra menor; y mucho menos se trata de una obra menor para niños.
Bambi es la historia de un venado cola blanca que nace, aprende cosas sobre la vida en el bosque con otros animales, pasa por varios ritos de iniciación en su adolescencia y juventud, que coinciden con la muerte de su madre y el reencuentro con su padre, hasta que Bambi se transforma en un recio venado adulto. La novela armoniza elementos filosóficos sobre la vida, la muerte, la madurez y sus transformaciones, el ser humano y su relación destructiva con la naturaleza, el amor romántico y la lucha por la vida
Un ejemplo de una buena teoría es aquella de la «psicología inversa» sobre todo si se aplica en los contextos correctos. La imagen de aquí abajito muestra en qué consiste la teoría: se puede persuadir a alguien de hacer algo solicitando exactamente lo contrario (funciona sobre todo en niños y gente infantilizada). Y así como hay buenas teorías, hay otras muy malas.
Sucede que la misma teoría que desata eso que llaman «violencia contra la mujer» y «violencia de género», es la misma “teoría” que está siendo utilizada (de manera fracasada) para detener esa misma violencia: me refiero al «feminismo de género» y la «teoría» que lo sustenta (interesados investigar a doña Judith Butler). Ahí está el meollo de todo este asunto, para que nadie se siga equivocando . Distingamos por el momento y para nuestros propósitos aquí y ahora (como hace el psicólogo experimental Steven Pinker en su libro «The Blank Slate» o «Tabla Rasa» edición en español) entre dos tipos de feminismo dentro y fuera de las universidades.
Primero, el «feminismo de equidad»: aquella doctrina moral que busca la equidad (educativa, salarial, ocupacional, etc.) y un trato no discriminatorio hacia las mujeres en general. En segundo lugar tenemos el «feminismo de género», que es una doctrina empírica comprometida con tres premisas básicas bastante alocadas, y si no me creen, compruébelo cada quien por su cuenta: la primera de ellas es que las diferencias entre hombres y mujeres no tienen nada que ver con la biología, sino con «construcciones sociales», cosas que nos enseñan de niños.
Para las feministas de género, todos nacemos algo así como bisexuales (o con sexualidad «fluida») y a lo largo de nuestro desarrollo la cultura y el entorno social nos va condicionando a adoptar actitudes y roles convencionalmente masculinos o femeninos (dicho por Sommers). La segunda premisa de las feministas de género es que la motivación principal que mueve a los seres humanos históricamente es el poder y no otra cosa que el poder, en particular el poder opresor por ellas llamado «patriarcal»
Ahora usted, he notado señor presidente, inicia su ceremonia del grito de independencia con un “…mexicanas… mexicanos…», alternando luego los nombres de Hidalgo y Allende con los de Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario, en sustitución de independentistas otrora evocados como Javier Mina, Juan Aldama, Mariano Jiménez o Pedro Moreno. Todos ellos fusilados, sus cabezas decapitadas, clavadas en una pica, o colgadas en una jaula, según haya sido su suerte. Hombres que murieron (mejor venadeados a balazos que enfermos en sus lechos, dirán algunos)… pero en su mayoría intentando conquistar una identidad y territorio propios, sin los cuales, imposible es el escapar de la pobreza, según la entienden antropólogos como Oscar Lewis, señor presidente.
Lewis entendió la pobreza (tras cuarenta años de estudiarla en México) como ese sentimiento que experimentan los seres humanos (tanto ricos como pobres) de no tener un poco de control sobre las circunstancias que le permiten a uno formarse un destino propio. De ahí la importancia de los héroes patrios, de la violencia con la que murieron, sin ellos no podría haber prosperidad
Hay dos tipos de hombres feministas: el «hombre feminista de corazón» y el «hombre feminista ficticio». En ninguno de los dos confío. La semana pasada esbocé brevemente la premisa general que sustenta esta desconfianza. Expliqué con ejemplos que en una variedad de temas importantes (incluyendo algunos de seguridad nacional) hemos sustituido a las ciencias sociales y a las humanidades por los «estudios de género» y el «feminismo», que no constituyen una ciencia sino una ideología solipsista, reduccionista y frecuentemente sociopática. Y te preguntarás ¿y qué son y qué efecto producen las ideologías en la gente en general y en los hombres en particular?
En mi ruta por la vida -y por los pasillos de las universidades- he notado que hay dos tipos de hombres feministas que es posible caracterizar con bastante precisión y hasta elegancia: el «hombre feminista de corazón» y el «hombre feminista ficticio». En ninguno de los dos confío. Y no soy el primero en tocar este tema por cierto. Me propongo -tomando resguardo en el Artículo 6 constitucional– dejar testimonio profesional de mis experiencias y razones para esta desconfianza, esperando sea de utilidad al joven universitario lector ¿y por qué no? también a los hombres que se dicen ser feministas
Al cruzar mano alzada, el umbral de la puerta, veo que las manecillas de mi reloj marcan las 7:02 de la mañana. No me gusta ver la hora en mi teléfono celular mientras camino. Es una de esas cosas que no se pueden hacer en público sin perder algo que en estos momentos no estoy de humor para describir. Son las 7:02 de la mañana en la historia de la humanidad y esto no pasará. Ocurrirá pero no pasará. Sentadas están ya las dos o tres alumnas puntuales de siempre. No son buenas alumnas -como casi ninguna en este salón de veintitantas- pero son puntuales, y eso es importante. Hay algo en la puntualidad que denota atención, brújula, tridimensionalidad, en las personas
¿Cómo resumiría lo dicho hasta ahora en una o dos ideas generales? Para nuestros padres, capitalismo y comunismo eran los dos polos ideológicos alrededor de los cuales giraban las conversaciones familiares y las reuniones entre universitarios —cuando esas tonterías aún existían— (risas). En una guerra del siglo XX sabias que alguien era tu enemigo porque venía directo a destruirte. Hoy tu enemigo te lee cosas, te manda infografías y viene a convencerte de que te destruyas a ti mismo (risas); y no tiene problema en decirte que además lo hace en nombre de una «cultura de la paz» (risas)
¿Pero, acaso no son el conocimiento y el logos funciones básicas de toda universidad? La función de producir conocimiento y promover el Logos racional, ha dejado de ser, en los hechos, una función básica de la universidad, su eficacia para llevar a cabo estas funciones está además cada día más destartalada; y lo está por dos razones poderosas empíricamente verificables
¿Ysobre qué trata el artículo en esta ocasión? Iba a escribir —y admito que plenamente consciente de estarlo haciendo— un artículo torpe, desubicado y obsoleto sobre algo así como «las bondades del debate universitario democrático y la confrontación racional de ideas». Pero a las pocas líneas entré en razón y suspendí el engaño (risas)