Publicación simultánea con El Universal
Al cruzar mano alzada, el umbral de la puerta, veo que las manecillas de mi reloj marcan las 7:02 de la mañana. No me gusta ver la hora en mi teléfono celular mientras camino. Es una de esas cosas que no se pueden hacer en público sin perder algo que en estos momentos no estoy de humor para describir. Son las 7:02 de la mañana en la historia de la humanidad y esto no pasará. Ocurrirá pero no pasará. Sentadas están ya las dos o tres alumnas puntuales de siempre. No son buenas alumnas -como casi ninguna en este salón de veintitantas- pero son puntuales, y eso es importante. Hay algo en la puntualidad que denota atención, brújula, tridimensionalidad, en las personas

