¿Has entrado alguna vez a una casa en la que el dueño tenga sus baños separados por sexo? Sería costoso y una especie de loca excentricidad practicable solo en una mansión. Y ni los Locos Adams. Todos conocemos los llamados «baños neutros» porque son lo que todos tenemos en nuestras casas. ¿Por qué entonces los separamos por sexo en los espacios públicos: estadios, restaurantes, universidades?
Si hacemos esta pregunta a un cristiano, un judío, o un musulmán, nos va probablemente a responder —queriendo cortar de tajo con toda esta conversación— que es debido al «pecado original» y haber sido expulsados del edén, que nos hace desconfiar los unos de los otros y separar los baños de hombres y mujeres en los
La mayor parte de las personas, incluyendo los universitarios, nos ahorraríamos muchos quebraderos de cabeza y tiempo malgastado, si en lugar de prestar atención a las soluciones propuestas en los medios masivos y redes de comunicación, (cual pasivos espectadores) mejor prestásemos atención (cuál gente digna de confianza) a las premisas de las que cada una de estas «soluciones» rivales parte.
Foto: Andrés Bucio Publicación simultánea con El Universal
Lo anterior es importante porque esas premisas generalmente están ocultas y la única manera de descubrirlas es imaginándolas plausiblemente y en coherencia con los resultados que producen.
¿Y qué pepinos es una premisa te preguntarás? Pongamos un ejemplo
Víctor Hugo —y esta misteriosa frase suya que ahora nos sirve de encabezado— nos ayuda mucho a esclarecer cómo es que funciona un buen trozo de la idiosincrasia política mexicana. Y no solo la mexicana, sino la de cualquier otro país, alude a cosas en las que todos los seres humanos nos parecemos. «El riesgo de la verdad es la pequeñez, el riesgo de la grandeza, la falsedad. […] Estas dos palabras, grandeza y verdad, lo encierran todo. La verdad contiene la moral, la grandeza encierra la belleza».
Víctor Hugo en 1873 Publicación simultánea con El Universal
Traducida al lenguaje coloquial universitario, el significado que encierra la frase de Hugo puede ser el siguiente:
«Si vas a ser de izquierda, busca la verdad pero no seas fodongo, vaquetón y naco al hacerlo; si vas a ser de derecha, busca la grandeza pero sin ser un farsante, un hipócrita, un estúpido moral y también un naco—dado que genéricamente «naco» significa «alguien que rutinariamente hace cosas de mal gusto»—; caminar sobre la faz de la tierra, hablarle a la gente, sentarte a comer, volverte a parar y a caminar, siendo un hipócrita y un farsante todo el día todos los días, es de mal gusto: exhibes comportamiento naco. Y, a diferencia del naco de izquierda, que solo necesita mejorar un poco su estética de lo digno y sus maneras, tú, hipócrita falsario, si necesitas ir al psiquiatra».
Dado que se aprende a escribir leyendo y a pensar escribiendo, uno de los muchos problemas de pasar los mejores años de tu juventud
Hay dos formas de vivir nuestra vida: como alguien «a cargo» o como un «encargado». Es decir como jefes o como empleados. Gracias al que escribió el libro ese del «padre rico, hijo pobre…etc.», o ese otro autor del «soy un cerdo capitalista», gracias a ellos y tantos otros cerros más, lo de hoy es pensar que uno debe ser «jefe de sí mismo» (seas pintor, o presidente de la suprema corte) y que ser empleado de otros es para mentes agachadas y mediocres, o para gente sin aspiraciones.
Júpiter (foto: Jerónimo Roure) Publicación simultánea con El Universal
Pero no es así como han pensado muchos de los grandes líderes políticos y empresariales de la historia (y peor tantito si han sido judíos, el pueblo elegido). No, muchas de estas grandes figuras de todos los tiempos se han visto a sí mismos como no otra cosa que empleaditos. Así es, empleaditos al servicio de Dios —o de los dioses—, nada menos. Y con instrucciones expresas
Todo depende de qué haya estudiado -si realmente lo hizo- la persona (ese fulanito o fulanita) a quien hagamos tan interesante pregunta. Quisiera poder decir que la respuesta a un asunto tan trascendente va ser científica en todo momento, pero hay muy poca gente en nuestro país que se plantee este tipo de problemas de manera verdaderamente científica, incluso al interior de las universidades privadas o públicas.
Estas últimas -hay que recordarlo- están demasiado distraídas con la ideología de género y el activismo por todos-los-derechos-ninguna de-las-responsabilidades, como para prestar atención a los temas trascendentales de nuestro tiempo
En el artículo de la semana pasada se argumentó que la manera de operar nuestro «teléfono inteligente» forzaba en nosotros por lo menos dos comportamientos extraños.
El primero de ellos es el «uso mental del templete»: el uso continuo y prolongado de templetes en nuestras vidas —vía las pantallas— restringe nuestro campo de visión y de percepción de nosotros mismos y de la realidad: los templetes encapsulan la realidad compleja de nuestro mundo en una camisa de fuerza imbecilizadora que, acto seguido, es capaz imbecilizar nuestro comportamiento entero.
Muchos faranduleros claman padecer el síndrome de Asperberger Publicación simultánea con El Universal
El segundo comportamiento extraño que los celulares —y el mundo digital en general— parece forzar en nosotros es «la costumbre frecuentemente perezosa de arrastrar el dedo» o «swipe»: costumbre en la que comenzamos a adoptar —sin quererlo tal vez— comportamientos cuasi-autistas, o muy parecidos a los exhibidos por personas clínicamente autistas
La semana pasada quedamos en que abordaríamos el tema de las conductas antisociales como una de las cinco batallas en la guerra por la infancia. Sin embargo, pensándolo bien, una buena parte de las conductas antisociales que me interesa resaltar, confluye en lo que podríamos etiquetar como autismos programados. Sostengo que hay autismos que no son producto de la gestación y el desarrollo antes de nacer, sino inducidos por la cultura chatarra circundante.
Mencionemos solo de pasada —y para quitárnoslo de encima—, el fenómeno menos importante del autismo como una vil, vulgar y agresivamente estúpida moda: hoy está de moda ser autistas, para ser precisos. Autismo no como un fenómeno del comportamiento, sino como pose social —«…tengo el síndrome de Asperberger amigos míos, así que ya lo saben»—.
Así como hace 10 o 15 años mucha gente quería tener alergias a fin poderse proyectar socialmente como alguien «especial», hoy, todo mundo —O.K: mucha gente— entre ellos muchos niños y adolescentes, quieren poder decir que son autistas
Las figuras monstruosas —esa horripilante «hada madrina» cornuda— que aparece en la reciente versión del pinocho de Guillermo del Toro, normalizando la cultura de las bestias y de los demonios, me hizo —de una vez por todas— aceptar que estamos delante de una guerra por la apropiación de la psique infantil y que dicha guerra consta de varias batallas, mismas que enumeraré ahora mismo.
Antes de hacerlo, admito que suena algo feo decirlo, pero por mis conversaciones con varias personas cuya opinión respeto y que también trabajan en el ámbito educativo, deduzco que ni con muchos universitarios ni con muchos adolescentes, hay mucho ya que hacer.
Una vez indoctrinados y socializados en la cultura contemporánea basura que los circunda implacablemente, es relativamente poco lo que se puede hacer para sacarlos del agujero ideológico en el que los han metido, o los han dejado entrar sus propios padres y ambiente familiar.
Es un proceso de auto-selección —o quizás llegue el día en el que tengamos que nombrarlo más claramente: de auto-destrucción—, en el que uno trata de ayudarlos, pero no hay resultados garantizados. La guerra es pues, por la infancia, y consta de cinco batallas, incluidas las siguientes:
Al cruzar mano alzada, el umbral de la puerta, veo que las manecillas de mi reloj marcan las 7:02 de la mañana. No me gusta ver la hora en mi teléfono celular mientras camino. Es una de esas cosas que no se pueden hacer en público sin perder algo que en estos momentos no estoy de humor para describir. Son las 7:02 de la mañana en la historia de la humanidad y esto no pasará. Ocurrirá pero no pasará. Sentadas están ya las dos o tres alumnas puntuales de siempre. No son buenas alumnas -como casi ninguna en este salón de veintitantas- pero son puntuales, y eso es importante. Hay algo en la puntualidad que denota atención, brújula, tridimensionalidad, en las personas
Quién dijo «nunca preguntes a un peluquero si te hace falta un corte de pelo» estaba pensando en un conflicto de interés. Cosas que deberían ser obvias, pero que para mucha gente no siempre lo son. En otras palabras, ni modo que le preguntes al dueño del zoológico si no cree que los animales estarían mejor en la selva. ¿O porqué no pedirle al torero que done dinero para abolir las corridas de toros? Ni modo que le preguntes al militar si no cree que el uso de la fuerza es obsoleto. Al vendedor de helado, preguntémosle qué piensa sobre comer helado en los meses helados…