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Mujeres exitosas, obediencia en acción, y esclavitud tecnológica

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Publicación simultánea con El Universal

Si una persona le planta cara a una concentración grande de gente -una multitud digamos- para apaciblemente decirles «no tienen la menor idea de lo que están haciendo, ya no cuenten conmigo, a partir de ahora pueden arreglárselas como mejor se les antoje, me largo de aquí, buena suerte idiotas», es más probable que esa persona sea un hombre que una mujer. Incluso sustrayendo el «idiotas» de la despedida, va a ser muy difícil encontrar a una mujer que se atreva a armar en la vida real un suceso como el anterior (Hollywood, esa gran lavandería de cerebros, es otra cosa).

¿Por qué? La ciencia lo explica una y otra vez: cada vez que los psicólogos clínicos y los científicos de la conducta contrastan los Cinco Grandes Rasgos de la Personalidad entre los sexos, la mujer siempre sale más alto en «amabilidad» («agreeableness») que el varón .

Técnicamente, esto significa que las mujeres tienden a ser más «empáticas», «complacientes», «altruistas», «obedientes», «cooperadoras», que tienen una mayor «proclividad hacia la cooperación» y «el mantenimiento de la armonía social». Dejaré frustrada la eterna necesidad del eterno necio de que le expliquen por el resto de la eternidad, por qué las generalizaciones existen, para qué son útiles, y para que no lo son. Y mejor evoquemos aquel bello dicho de la abuela que dice: «al buen entendedor pocas palabras» que los gringos han querido pero no han podido apropiar con la debida energía y brevedad con: «of what help is anyone who can only be approached with the right words?». ¿A qué todo esto?

Ayer, alguien publicó en esta misma sección de opinión las siguientes palabras:

[…] «por un lado hay una preocupación constante por el desempleogenerado a causa de la tecnología y de cómo la robótica, la inteligencia artificial y la automatización van a sustituir a miles o millones de personas, mientras que por el otro, nos encontramos con que el 74% de los empleadores tienen dificultades para llenar sus vacantes […]

El texto discurre soporíferamente mencionando de manera insistente palabras como «aprender», «desaprender», «reaprender», en párrafos iguales o parecidos al siguiente:

[…] «aprender a desaprender para reaprender, darnos cuenta de cómo enseñanzas pasadas […] pueden impedir el éxito o el progreso futuro y debemos desaprenderlo para reaprender todos los días nuevas formas de hacer las cosas» […] me pregunto cómo podemos cambiar nuestro sistema educativo para lograr algo tan ambicioso».

El artículo es básicamente una apología de la obediencia y de la mansa adaptación a los nuevos tiempos en pro del empleo, lo cual me parece muy bien, y muy sensato, pero al mismo tiempo innecesariamente vicioso, deshumanizado y agorero: en ningún momento la autora se plantea -ni para ella ni para los universitarios que la leen- la posibilidad, de que quizás haya pronto que cuestionar o replantear la influencia de la tecnología en nuestras vidas, como tanta gente lo está haciendo en estos momentos.

En ningún momento -pero ni de pasada siquiera- se plantea el «desaprender» o «reaprender» (para usar las palabras de la autora) nuestra relación, ni con los maliciosos robots, ni con la peligrosamente acosadora inteligencia artificial, ni con la insidiosa y humillante tecnología en general. En lugar de ello, la autora arroja a sus lectores a que engrosen las filas del dócil acatamiento y la obediencia a «nuestro irremediable destino tecnológico» como si éste fuera un hado divino, un hecho consumado.

Y bien puede ser el caso que así lo sea, que ese sea el destino que nos aguarde, pero no es nuestro trabajo como universitarios, o como articulistas, o como simple gente que come, respira y duerme, el aceitar la guillotina de nadie ni de nada cuyos propósitos no nos parezcan legítimos o aceptables. El citado artículo bien podría haberse llamado: «El estudio no prepara para la esclavitud… es la esclavitud misma» o «el estudio no prepara para la vida…sino para ser títeres del destino». O incluso algo más pragmático como: «¿Quieres empleo? Calla y aprende a obedecer».

Una de las definiciones más útiles de «demencia» es aquella que dice «demencia es querer hacer exactamente la misma cosa una y otra vez esperando algún día obtener resultados diferentes». Por supuesto: si uno pretende que las cosas cambien un poco hay que zarandear al árbol, plantar cara como en el párrafo de apertura.

En un reciente video viral un conocido psicólogo canadiense expone sus argumentos sobre el porqué a las mujeres últimamente les ha estado yendo tan bien -mejor que a los hombres- cuando salen de la universidad (a lo cual yo agregaría: y no sólo en Canadá, también en México): la mujer en general es más amable, empática, obediente y no le gusta llevar la  contraria ni romper con la armonía social.

Tenía algo preparado para esta semana bajo el título «¿somos realmente demasiados seres humanos en el planeta?… pero creo que para estar más a tono, mejor enviaré otro intitulado algo así como: «mujeres exitosas, obediencia en acción, y esclavitud tecnológica»

andresbucio.com
andresbucio@protonmail.com

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