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Cultura Sostenibilidad

7:02 AM

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Publicación simultánea con El Universal

Al cruzar mano alzada, el umbral de la puerta, veo que las manecillas de mi reloj marcan las 7:02 de la mañana. No me gusta ver la hora en mi teléfono celular mientras camino. Es una de esas cosas que no se pueden hacer en público sin perder algo que en estos momentos no estoy de humor para describir. Son las 7:02 de la mañana en la historia de la humanidad y esto no pasará. Ocurrirá pero no pasará. Sentadas están ya las dos o tres alumnas puntuales de siempre. No son buenas alumnas -como casi ninguna en este salón de veintitantas- pero son puntuales, y eso es importante. Hay algo en la puntualidad que denota atención, brújula, tridimensionalidad, en las personas.

De los tres estudiantes varones inscritos a la materia Desarrollo Sostenible en las Relaciones Internacionales, ninguno es puntual. Uno de ellos es el mejor alumno de la clase, pero dice padecer de gastritis continuamente, por lo que es como una especie de baja de infantería. Un buen soldado herido. Alguien a quien hay que ir arrastrando por el campo de batalla entre refriegas de balazos y metralla. Los otros dos alumnos varones carecen de rostro. Creo que no tienen ni nariz. Estamos casi a mitad del semestre y aún no han hecho nada que me haga mencionar sus nombres con naturalidad y soltura.

A eso de las 7: 10 entra por la puerta la alumna X metida dentro de una colchoneta negra diestramente cortada en forma de chamarra inflable calientita. Es la misma alumna de piel olivácea que hace una o dos sesiones se ofreció a traerme -cuando yo quisiera y sin problema- mi vaso de café antes de iniciar la clase. X en realidad se llama Ivana. Bonito nombre, bonita mujer. Ignoro qué haga estudiando esta carrera. Ignoro qué hagan aquí todas las demás, mas ahí están. Mi trabajo es pensar en mi temario no en los motivos de mis estudiantes.

Esta vez le tomo la palabra a la alumna. Son ya las 7:12, solo ha llegado la cuarta parte del grupo, y un café humeante en una mañana gélida que hay que reiniciar cada dos minutos no es una mala idea.

Pasadas ya las siete y cuarto, comienzo la clase con poco más de la mitad del grupo. La gente sigue llegando, apagada, desganada. La clase que he preparado con esmero es imposible de…. -iba a decir impartir pero creo que mejor diré facilitar o recorrer-, en tan solo una hora efectiva de clase. ¿Acaso no entendemos los profesores, que hay democracia cognitiva en el aula, y que un profesor tiene el mismo estatus que el alumno? Aquí, los estudiantes también califican. Mía es la responsabilidad, suya es la autoridad.

A un minuto de iniciada la sesión -he dejado de llamarle clase– mientras paso lista visualmente, regresa balanceándose sobre si misma la joven Ivana con mi café en un vaso de cartón con tapa de boquilla en una mano y algunas monedas del vuelto en la otra. Le doy las gracias.

Hacia las 8:00 me encuentro frente al pizarrón a la mitad de un potente análisis sobre la incompatibilidad metodológica entre las ciencias naturales y la teoría económica moderna. A esa hora, hace su aparición en la puerta una muchacha de lentes con el pelo empapado y vistiendo felpita, colmando el aire del aula con un olor a baño caliente que hace no mucho debió haber estado tomando. Hay algo muy doméstico y territorial en toda ella. Una especie de domesticidad y territorialidad ambulantes. Se sienta en una de las primeras sillas frente a mi y hace aparecer de su bolso una botella descomunal color morado. La chica a su costado se inclina para deslizarle algunas palabras inaudibles al oído que hacen que la muchacha de lentes asienta con la cabeza mientras me mira y bebe oblicuamente borbotones de agua de su botella gigantesca.

Mis alumnas se comportan como si sus señores padres hubiesen roto el pacto de civilidad generacional y de confianza con aquellos otros hombres jóvenes que algún día habrían de desposarlas. Se comportan como si sus madres hubiesen claudicado también a innumerables cosas. «Convertirse en padre de un hijo o una hija es convertirse en padre de la humanidad entera» es una idea cuya vida de anaquel pareciera caducar mañana a medio día.

La segunda mejor alumna de la clase -después del joven de la gastritis -que hoy no llegó- se sienta siempre a mi derecha. A mi izquierda y al centro se sienta el ala deconstruida de la clase. Digo que es mi segunda mejor alumna, porque su interés es absurdamente obvio: cuando no entiende algo pregunta, y cuando si, también. Cuando soy yo el que hace la pregunta, es la primera en brincar como un resorte y responder al vapor cualquier cosa. Es difícil no ver la artificialidad de su empeño. Como si su interés no estuviera en el objeto de la clase, sino en la demostración pública de ese interés. Y me pregunto porqué el mejor alumno en esta materia -el único que piensa y lo demuestra- continuamente tiene gastritis y falta. Me pregunto también por qué la boquilla de mi vaso desechable de café sabe a saliva.

andresbucio.com
andresbucio@protonmail.com

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