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Las mujeres homosexuales no existen: lesbianismo político y «la otra violencia de género»

La mujer es capaz de vivir su sexualidad mucho más flexiblemente que el varón. Tanto, que da igual una mujer que diga ser «homosexual» los lunes pero no los martes, y los jueves quién sabe. Como quien elige color de zapatos según el día de la semana. Esto jamás ocurriría con el varón.

Comprendamos que, una cosa son las mujeres que por moda, juego, o enojo, coquetean con la idea de ser «homosexuales», y otra que la homosexualidad exista en el mismo sentido y peso en la mujer que en el varón. Oir a una mujer decir que «ya se volvió homosexual» (como la del video) es como oir a un conejo decir que «ya se volvió vegetariano» o que «ya dejó el cigarro», pero más tonto aún.

Hay dos tipos de «homosexualidad», la biológica al nacer (un fenómeno inusual) y la culturalmente inducida, que es la que tiene inundados los medios de comunicación y las redes sociales.

Las personas que nacen con algún patrón hormonal atípico, son un porcentaje extremadamente bajo de la población (mucho menos del 0.1%). Ciertamente no son las suficientes como para que sea el fenómeno de masas que hoy atestiguamos y que tanta violencia está produciendo.

MUJERES «HOMOSEXUALES» ABRIENDO LAS PUERTAS DEL INFIERNO DE PAR EN PAR

El problema de la violencia entre los sexos es, a grandes randes rasgos, el siguiente: dado que hay más o menos tantos hombres como mujeres, por cada mujer que amanece con ganas de «volverse homosexual» hay un hombre que ya no podrá verla como su pareja.

Y no solo eso, no sabrá cómo ubicarla socialmente más allá de percibir su sola presencia como lo que a veces parece: un insulto o una agresión hacia alguien o hacia «algo» que el hombre en cuestión tampoco sabrá bien cómo identificar o comprender.

Ese «algo» es la armonía social, el pacto de civilidad que por siglos la sociedades humanas han construido mediante sistemas de valores, primero religiosos, luego civiles, para no tener que vivir sumidos en una violencia insoportable.

Que hubiesen algunas feministas pretendiendo ser «homosexuales» y algunos hombres feos que ya no encontrasen pareja sería algo más o menos triste pero no una catástrofe social. Sería hasta cierto punto, incluso normal.

Pero si fuesen cientos de miles, o millones de feministas haciendo lo mismo, «lesbianizándose» subiendo sus videos a YouTube y viendo la peor basura que ofrece Netflix hasta convertirse en un fenómeno social de masas de «mujeres homosexuales«, el resultado sería distinto.

Y sería distinto porque aparentemente, a estas «mujeres homosexuales» nadie les ha explicado que en una sociedad pacífica, para seguir siendo pacífica, ningún derecho puede ser ejercido a lo estúpido como si las responsabilidades y la reciprocidad hacia los demás no existiese.

En una sociedad pacífica y civilizada las mujeres ejercen control monopólico sobre la sexualidad de ambos ¿y qué pasaría si lo pervirtieran, si utilizaran su control monopólico sexual como un arma política para exigir al hombre la disolución del pacto social pacífico y de civilidad que al mismo tiempo invocan cuando exigen a gritos histéricos… paz, paz doméstica, paz social, paz en las calles?

En otras palabras ¿qué pasaría si se organizaran las mujeres para entre todas abrir las puertas del infierno de par en par? ¿Qué pasaría?

Pues lo que ya está pasando. Y que va a escalar en los próximos años a menos de que algo excepcional ocurra, un evento no pronosticable.

Así como el hombre debe ser atento, amable, valiente, abnegado, responsable, y no un patán abusivo y gandalla, la responsabilidad de toda mujer es no comportarse como una feminista sociópata, sembradora del odio y del mal entre hombres y mujeres.

Molesta un poco decirlo y que nos lo digan, pero quien siembra el mal, difícilmente puede cosechar el bien que cree merecer por el solo hecho de haber nacido mujer, y por el cual, no sólo no ha trabajado, sino que parece dedicar sus energías, junto con otras mujeres parecidas, en destruir.

Es difícil imaginar otro panorama que no sea el de la violencia criminal inaudita que estamos viendo desde hace algunos años, producto del odio sembrado entre cada vez más hombres y mujeres que ya no se necesitan y mucho menos se quieren.

Odio y violencia que va a ser difícil detener, y cuyo desenlace, después de varios años de masacre de individuos, familias y de comunidades, no va a ser bonito.


LESBIANISMO POLÍTICO: «PUEDEN REGRESAR A SUS CASAS CHICAS, TODO HA SIDO UNA LAMENTABLE EQUIVOCACIÓN Y MALENTENDIDO«

La mayor parte de la gente «homosexual» que vemos hoy en las calles y en frívolos videos como el de arriba es del segundo tipo: no nace siendo homosexual sino se hace -se lo cree primero- en alguna etapa de la vida, por influencias culturales diversas y de su entorno social.

Muy temprano en la historia se vio la necesidad de inventar la palabra “lesbiana” precisamente para no tener que enfrentar el hecho de que la “homosexualidad femenina”, y más aún, como se le presenta en la actualidad, no existe, o bien es una especie de “juego de tontos” derivada de aquella ideología que insiste en presentar al hombre y la mujer como «iguales». La relación entre el hombre y la mujer no es simétrica sino complementaria. Y son diferentes. Muy diferentes.

Antes de que existan las «mujeres homosexuales» primero existen muchas otras cosas: en casi la totalidad de los casos, lo que hay son mujeres que, habiendo tenido malas experiencias con cierto tipo de hombres prefieren empezar a decir -como una especie de venganza- que son “lesbianas” o “bisexuales” o peor aún «lesbianas políticas» (mujeres que se hacen lesbianas como arma política contra los hombres y la obsesión eterna que las persigue «la sociedad patriarcal»). Todas las anteriores atrocidades del comportamiento les parece una salida más digna y fácil que aprender el viejo arte de evitar esas malas experiencias, o que emprender un verdadero proyecto de desarrollo personal que las integre al resto de la humanidad y a los hombres.

Hay que fijarse también en qué consisten esas “malas experiencias con los hombres”. Muchas mujeres insisten en querer controlar a cierto tipo de hombres que no nacieron para ser controlados como ellas creen que podrían o deberían serlo (como vieron en su película favorita) y a eso también quieren que le llamemos “machismo”.

Haciendo a un lado el caso de la lesbiana primitiva o “lesbiana de harem” (que tampoco es una “mujer homosexual) hablar de “homosexualidad femenina”, o atribuirse la condición de “lesbiana”, en el momento político actual, es fraudulento en más de un sentido, aún si no se hace en forma malintencionada.

Y dado que estamos ante otro tema de interés público que forma ya parte importante de las agendas educativas, los presupuestos gubernamentales, las campañas electorales y las protestas callejeras, el presente texto busca hacer un servicio a la comunidad y explicar, aunque sea brevemente, por qué es fraudulento y por qué es importante el que las personas en general estén al tanto y se percaten de ello, antes de opinar las cosas que opinan.

LA IDEA DE UNA “HOMOSEXUALIDAD FEMENINA” ES FRAUDULENTA HASTA DECIR «BASTA«

Aunque existan agendas políticas igualitarias de supuesta «homosexualidad femenina” (“si ellos pueden ser homosexuales y salir del closet, ¿por qué nosotras no?”), la verdadera homosexualidad, es algo que únicamente se da, desde comienzos de la historia, entre algunos varones de cada sociedad.

En general, no es una vida nada sencilla para ellos que tienen que sortear algunos abismos que sólo ellos conocen, además del social. Por eso las primeras marchas gay, comenzaron siendo “por el orgullo”, un orgullo que tienen que ganarse a pulso día con día. Su condición no es para ellos algo que elijan voluntariamente —un estilo de vida por el cual puedan optar, como quien escoge un par de zapatos— sino algo que les sobreviene, y sin que puedan hacer algo para poderlo evitar.

Para una mujer en cambio, la “homosexualidad” sí es un asunto de elección personal, un “estilo de vida”. La mujer puede vivir mucho más flexiblemente su sexualidad, como una elección de vida sujeta a su pleno antojo y según sea el día de la semana (o el color de sus zapatos). En otras palabras, no es lo mismo tener que “salir del closet”, que querer “entrar al closet”. No es lo mismo un varón que “sale del closet” por una necesidad existencial, que una mujer que “entra al closet” porque no le gustó como la miró el fulano de la esquina, o porque no le gustó que el fulano no volteara a mirarla.

Considérese el siguiente hecho: los homosexuales varones tienden a llevarse bien, a simpatizar, con las mujeres (“comadrean” digamos), si realmente existiesen las mujeres homosexuales, sería de esperarse que estas se llevaran razonablemente bien con los hombres. La realidad es otra, la “lesbiana” típica tiene, en mayor o menor grado, una actitud de odio-desprecio o resentimiento hacia los hombres.

Su “amor” hacia otra mujer se alimenta y es resultado de despreciar a los hombres porque estos no son como las mujeres, o de ignorarlos en el mejor de los casos. La lesbiana típica, sólo se muestra amistosa con aquellos hombres dóciles que adopten una actitud de auto-negación de su masculinidad frente a ellas.

Este “amor” de pareja lésbica fundado en el odio, desprecio, resentimiento (o como se le quiera llamar) hacia los hombres sería considerada una conducta abiertamente antisocial si no fuera porque la encubren bajo el manto de su “derecho” a ejercer su “homosexualidad femenina” y del amor que sienten hacia “otro ser humano”. ¿Y quién puede oponerse al amor? Sólo aquellos que odian, aseguran ellas.

El resultado es una sociedad que no sabe explicar por qué a ratos se siente amordazada y extorsionada en nombre de un “amor” que no puede existir autónomamente sino sólo a partir de la exclusión y el odio-desprecio o resentimiento hacia los hombres, que son la mitad de la población y de la especie.

En contraste, es difícil imaginar algo más absurdo e idiota que un hombre heterosexual volviéndose gay sólo por haber tenido malas experiencias con las mujeres. Antes se emborrachará, chillará, fanfarroneará, se volverá un loco, un empleado de Monsanto, o el narquillo de la cuadra, pero difícilmente se meterá en la cama con otro hombre sólo para vengarse de las mujeres.

Sería una venganza bastante estúpida de hecho. Y sin embargo, algo muy parecido es lo que hacen aquellas mujeres que deciden volverse “lesbianas” o “bisexuales” porque no les fue bien con cierto tipo de hombres.

El primer fraude derivado de hacer creer a la gente en la “homosexualidad femenina” es ocasionado en perjuicio de las mujeres mismas que caen en esta trampa cultural después de años y años de programación mental basura, de que existe otra “opción de vida”, en la que ya no van a tener que vérselas con los molestos hombres. “Qué felicidad”, piensan ellas. Y posiblemente tengan razón, los hombres, a diferencia de las mujeres, son seres muy problemáticos e impredecibles.

Sin embargo, la pregunta importante queda aún sin responder, ¿conlleva costos el mundo de comodidad sin hombres que eligen las “lesbianas”? La epidemia de obesidad que tiene preocupado al gobierno de los Estados Unidos, la marcada pobreza económica, y los niveles de violencia doméstica que experimentan los hogares formados por parejas de “lesbianas” en el vecino país del norte sugieren que, los costos de elegir ser “lesbiana” son altos, muy altos. (Bowen et al., 2008, Conron et al., 2010, Eliason et al., 2015, Institutes of Medicine U.S., 2011, Ward et al., 2014).

El desarrollo personal no es sólo autodescubrimiento, sino también el alejarse por algunos días a la semana de la pizza barata, de las series de televisión baratas, de la literatura barata, y ponerse a conocer la naturaleza del sexo opuesto tal cual es, no tal cual sería si tan sólo fuéramos alguno de los personajes interpretados por Jennifer López, Jennifer Anniston, Jennifer Gómez, Jennifer Jennifer, o cualquiera otra Jennifer. Evitar encerrarse junto con otras “lesbianas” a conspirar contra el mundo muy probablemente contribuiría de manera sustancial a ese autodescubrimiento.

El desarrollo personal no tiene nada que ver con aprender de otros “qué pensar”, como hacen los grupos de filiación religiosa, sino más bien aprender “cómo pensar” cada uno por sus propios medios y con criterios que cada uno construye.

Hasta aquí, una conclusión preliminar, dicha sin adornos, podría ser la siguiente: en lugar de que las instituciones ocupen tiempo y dinero en educar de manera fraudulenta a la sociedad para que acepte el “revolucionario” espectáculo de horror que nos ofrecen las “lesbianas” como si fuera el producto de mentes visionarias portadoras de innovadores proyectos de vida fundados en el desprecio hacia los hombres y todo aquello que huela a masculinidad, deberíamos mejor considerar la posibilidad de dedicar algo de tiempo a pensar cómo volvemos el objetivo del desarrollo personal, físico y mental, más atractivo para ellas y para todas las personas en general.

Si después de ello eligen ser “lesbianas”, enhorabuena, será al menos por decisión propia, y no porque la televisión y la cultura de masas se los ha impuesto como un condicionamiento social de lo “cool” y lo que está de moda. Enhorabuena.

Un buen punto de partida para conseguir lo anterior sería tomarnos en serio el hecho de que muchas mujeres prefieren decir que son “lesbianas” debido a que la educación que han recibido es una mezcla explosiva y contradictoria que combina largas horas de programación televisiva en el espacio íntimo personal (Netflix), con una educación conservadora proveniente del entorno familiar y social (misa, escuela).

Esa educación es fraudulenta en el sentido de que borra de su instinto natural y de su mente aquel conocimiento que desde siempre le han ayudado a la mujer a minimizar las malas experiencias con los hombres. Desprovistas de lo necesario para relacionarse con el sexo opuesto de manera creativa, juguetona, imaginativa, pícara incluso, a medida que estas mujeres crecen, se les va cerrando el campo de visión, y probablemente el corazón: la percepción, retroalimentada con otras mujeres en similar situación, de que “los hombres son todos unos idiotas” se les vuelve una profecía auto-cumplida.

Los hombres de su mundo acaban siendo, efectivamente, todos unos idiotas. Pero ese mundo es también el del entretenimiento de masas, cuyo espectro de influencia no parece estar cerrándose, sino ampliándose.

No sólo hay cada vez más mujeres que deciden volverse “lesbianas” sino cada vez más hombres en efecto idiotas, que confirman sus sospechas: gobernantes, escritores, comunicadores, líderes de opinión, profesores universitarios, que de pronto deciden convertirse al “feminismo masculino” como quien se convierte a un nuevo credo o secta.

Hombres que han perdido, o se comportan como si nunca les hubiesen enseñado algunas de las “artes masculinas” de relación con las mujeres. El resultado pronosticable es el de una sociedad despolarizada y sin carácter, un zoológico humano mediocre e infeliz, o en vías de serlo.

EL ZOOLÓGICO HUMANO
La función animalesca o biológica que están adoptando muchas mujeres “lesbianas”, “bisexuales” y “feministas” en la actualidad es la de alentar a los hombres más sexualmente ineptos para que se exhiban en toda su torpeza frente a las mujeres de su comunidad.

Este es un auto-sabotaje que a toda mujer no le queda más remedio que celebrar y agradecer, aunque sea en secreto: toda mujer tiene gravado en su instinto animal el impulso de eliminación de opciones (y de estrés) que todo hombre en su camino representa para ella. ¿Cómo lo hacen?

Con cada vez más frecuencia, a través del ya muy extendido «feminismo masculino», hombres de todas las edades dispuestos a adoptar y difundir, incluso en contra de su voluntad y sentido común, los comportamientos, actitudes y gustos más vergonzosamente imbéciles porque creen que ello les ganará la simpatía femenina, o en ocasiones incluso lo que ellos ven como “favores sexuales” de las mujeres en general.

No leen textos como este, sino novelas escandinavas de 500 páginas en donde la heroína es una joven tatuada que prende fuego a su padre que está en el interior de su coche, porque el hombre en cuestión “es un desgraciado machista” (como a partir de ese momento se supone que lo son todos los padres del mundo). Y lo mata. Excepto tratándose de gays en funciones, los feministas masculinos casi siempre fracasan (o peor aún, triunfan con mujeres no muy inteligentes) y típicamente suelen negar sus verdaderas intenciones porque no tendrían cara para admitirlo.

Aunque el feminista masculino sea el eterno y peor aprendiz de farsante, tampoco puede uno decir que la culpa sea toda suya. Son personas que han carecido de auténtica educación toda su vida. ¿Algún lector se siente aludido? Sería difícil que no. Lo importante para la vida no lo están enseñando en las escuelas, en donde nos enseñan a contar hasta tres solamente, y como nos dice el filósofo Peter Sloterdijk, para hablar de la verdad uno debe saber contar —no hasta tres como los teólogos— sino hasta cuatro. Aprendamos entonces a contar hasta cuatro.

APRENDIENDO A CONTAR HASTA CUATRO: UNO
Si realmente existiese la “homosexualidad femenina” las presuntas “lesbianas” se llevarían bien con los hombres en lugar de odiarlos. Su odio-desprecio o resentimiento hacia el hombre hace sospechoso su amor hacia otra mujer. Es curiosa la manera en como una palabra tan útil como «MISANDRIA» ha sido mantenida en la penumbra hasta por algunos diccionarios.

La misandria es la aversión que sienten algunas mujeres hacia los hombres, debido por ejemplo, a que quizás no les ha sido posible controlarlos como a algunas mujeres misándricas les gustaría. La misandria es algo así como lo contrario a la MISOGINIA (la aversión que sienten algunos hombres hacia las mujeres, quizás porque éstas no les hacen mucho caso). Incluso puede uno pensar, como ya hemos dicho, que sería algo muy raro el encontrarse a un hombre misógino que fuera a la vez homosexual.

Es también curioso eso de que a la mujer misándrica preferimos etiquetarla como «gay» o «lesbiana», ¿acaso quizás por el efecto de estridencia que ello provoca? Típicamente, lo que el común de la gente llama «lesbiana», o chica gay, sería más probablemente una mujer misándrica, que le tiene aversión, o a veces incluso odio, a los hombres, pero eso no la convierte en una persona homosexual, y sin embargo eso es lo que ella pretende que la gente piense, por la estridencia que ello provoca, y porque ayuda a reforzar una idea que más nos vale no contradecir en la actualidad: «Los hombres y las mujeres somos todos iguales».

DOS: MALTRATO Y MALAS EXPERIENCIAS CON LOS HOMBRES
La “lesbiana”, como el grueso de la gente pretende entenderla, no existe. Lo que existe más probablemente es una mujer que le pide a los hombres, y a la vida quizás, mucho más de lo que estos le pueden dar. Lo que existe en otras ocasiones, es simplemente una mujer que ha sido maltratada, o que, habiendo tenido malas experiencias con los hombres, sólo concibe relaciones patológicas de control y sumisión.

Dicho burdamente, si ella va a andar con un hombre, este tendrá que ser el zoquete sin carácter que ella espera, o no será. Muchas «lesbianas» son mujeres poco o medianamente atractivas que exigen a la sociedad (incluidas como parte de la sociedad todas las mujeres con quienes compiten biológicamente, todos los varones que las pretendieron) el estar con el macho alfa más atractivo entre todos los machos alfa.

Lo exigen ahora mismo y para ellas solitas, en sus propios términos, y no para un rato, sino para toda la vida. Si no consiguen su propósito (y si lo hacen también) dirán que viven en una «sociedad machista». Machista porque el macho alfa de su preferencia no las pela, o bien porque ya habiéndolas pelado ahora exige su libertad de vuelta.

Hay quien diría que estas mujeres no son realistas, otros dirían que su peculiar manera de protestar es pasándole la factura a la sociedad por lo injusto que les parece el costo que la realidad le impone al cumplimiento de sus exigencias. Esto lo hacen restregando en la cara de todo el que se deje su presunta “homosexualidad”.

Y así como ellas dirán que también a eso tienen derecho, otros van a poder reclamar que tienen derecho a no tomarlas en serio en nada de lo que digan o hagan (incluyendo todas las causas propias o ajenas que abanderen).

Bueno, aunque así lo quieran, nada de lo anterior convierte a ninguna de las mujeres que acabamos de describir en lesbianas u «homosexuales», sino simplemente en mujeres que están malacostumbradas a ver como algo normal el no regresar a otros la libertad que ellas tuvieron para elegir.

TRES: NO SABER COMO TRATAR A UN HOMBRE
Otro tipo de «lesbianas» son mujeres que, en cierta forma, no saben, o no las educaron para saber tratar a un hombre y aceptarlo, en defectos y virtudes y como ellas esperan a su vez ser aceptadas (comúnmente su educación las adiestró para ver sólo defectos).

En general, pareciera que tuvieran algún tema pendiente a tratar en cuanto a autodescubrimiento, desarrollo personal, o en cuanto a la necesidad de emanciparse de las circunstancias accidentales de su propia educación. Educación que nunca ha estado al margen de fuertes dosis de cine y series de TV expresamente diseñadas para confiscar y destruir el cerebro, reprogramándolo luego con más basura de la necesaria (aceptemos que al menos algo de basura es necesaria en una persona feliz).

Las redes sociales pasivas, inundadas de perritos y gatitos y lagartijitas y panditas usurpando (evolutivamente hablando) el cariño y costosos recursos alguna vez reservados a los niños, no se quedan muy atrás en esto. Una cosa es la necesidad contemporánea de reducir el crecimiento de la población sustituyendo niños reales por fotos de panditas en línea, y otra cosa es comprometer la higiene mental propia.

CUATRO: EL APRENDIZAJE MÁS IMPORTANTE, MÁS INCÓMODO Y CRUCIAL PARA EL DESARROLLO DEL CARÁCTER DE TODA PERSONA LO DA EL SEXO OPUESTO

Es muy difícil pensar en un hombre o una mujer que pueda desarrollarse plenamente en la vida prescindiendo del aprendizaje que nos dan las dificultades y alegrías derivadas del relacionarnos con el sexo opuesto, prescindiendo de la expresión dual más básica y elemental de la diversidad (lo que se dice diversidad de a de veras) que es esta misma dualidad masculino-femenino.

Más diversidad a un nivel más básico y esencial no es ni material ni espiritualmente posible. Aunque desde luego va a existir gente leyendo estas líneas que insista en que esa águila es borrega, aunque vuele. Así están las cosas: confunden la función orgánica de la “sexualidad” con lo que quizás convendría empezar a llamar “genitalidad”: hacer cada quien con sus genitales lo que le venga en gana.

El “amor” o “intercambio sexual” entre mujeres es obviamente un juego genital “despolarizado” que no puede ser hormonal, y vaya cada quien a saber si “apasionado”. Lo que es seguro es que en tiempos de redes sociales las relaciones entre “lesbianas” no suelen permanecer románticamente anónimas tampoco. Al contrario, las anuncian a los cuatro vientos produciendo un nuevo tipo de violencia, del que poco o nada se habla.

LA “OTRA VIOLENCIA” DE GÉNERO
Es posible observar en redes sociales —como es de esperarse— que muchas de estas parejas de “mujeres homosexuales” o “lesbianas”, lejos de mantenerse en el romántico anonimato característico de los amores rebeldes o en fuga, mejor hacen de ello un espectáculo de «lesbianismo político» de horror para que más gente las odie.

Si son de buen ver, la pareja de mujeres trata de convertir su idilio un espectáculo público visualmente costoso, dispendioso y materialista (probablemente financiado con bienes y dinero de los padres, o del dadivoso feminista-masculino amigo en turno, que nunca falta). Se aseguran de gritar su “relación” a los cuatro vientos para que todo el mundo se entere, al parecer buscando generar entre los machos del clan (su círculo social) un clima de ansiedad moral amordazada, muy parecido a la extorsión, que es el nuevo condicionamiento social que típicamente las parejas de “lesbianas” buscan imponer como la nueva “normalidad aceptada” entre su círculo frenético de admiradores y detractores.

Si intentáramos imaginar en palabras el contenido hipotético del mensaje en redes sociales transmitido por esta “nueva normalidad lésbica” éste sonaría más o menos así:

“miren todos, lo buenas que estamos, ella me da lo que tú no eres hombre suficiente para darme (porque yo así lo he decidido y tengo el control). Yo le doy a ella lo que tú, ni humillándote tendrás. Un perro meado merodeando un puesto de tacos está menos jodido que tú. pórtate bien si quieres que te siga hablando, love you, besos”

En el contexto de la idiosincrasia mexicana, actitudes parecidas a la anterior pueden estar llevado a mucha gente a la infelicidad, a las enfermedades mentales, y en algunos casos a la violencia, que se instaló.

Las miles de autoras de estos episodios de violencia moral que se reproduce en redes sociales, probablemente hoy amanecieron sintiéndose muy bien, porque tienen 18 o 21 años: hay que verlas cuando cumplan 32. Están dejando para después el cultivo del carácter que requiere toda persona, como decían las abuelas “para llegar a viejo sin llegar a pendejo”.

Y si consideramos el dicho inglés: «los hombres envejecen como el vino, y las mujeres como la leche («men age like wine, women age like milk«) es de esperarse que exista una población preocupante de mujeres “homosexuales” que no están aprendiendo a hacer queso mientras pueden, y que en la formación del carácter y de los sentimientos —pasada la fecha de caducidad— hasta la leche más dulce se agriará y sabrá mal. Las consecuencias de largo plazo de estas conductas deberían ser materia de preocupación de las instituciones, en particular las universidades.

CONCLUSIÓN
La “homosexualidad femenina”, las “mujeres homosexuales”, “lesbianas” o “bisexuales” como pretenden las feministas que el grueso de la gente comprenda estos conceptos, no existen. Lo que más probablemente existe son cada vez más mujeres experimentando malas relaciones con los hombres, cada vez más imposibilitadas para evitarlas por la educación tóxica y fraudulenta que reciben, aplazando cada vez más su desarrollo personal, y sintiéndose autorizadas para desplegar conductas cada vez más abiertamente antisociales que anulan la posibilidad de construir la sociedad libre de ansiedad y de violencia que ellas mismas exigen.

El ritmo e intensidad en cómo estas conductas antisociales están siendo desplegadas por muchas mujeres en una sociedad conservadora como la mexicana, no sólo parece estar obstaculizando el desarrollo emocional e intelectual mínimamente sano que requiere la juventud (Jalisco padece uno de los índices más altos de suicidios adolescentes-juveniles del país), sino que además parece estar generando las condiciones funcionales a un tipo de violencia y ultraviolencia feminicida que ellas mismas no se explican. La causa número uno de feminicidios en el país es si lugar a dudas el feminismo contemporáneo porque hace que hombres y mujeres acaben odiándose. El feminismo debe terminar.

El feminismo contemporáneo surgió, supuestamente para ayudar a las mujeres a vivir mejor, pero lo quiere hacer eliminando toda posibilidad de definir qué es una mujer: eso las está destruyendo y nos está destruyendo a todos. El feminismo debe terminar, repito.

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