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Cultura Política

Conflictos de interés 2.0 (2/2)

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Publicación simultánea con El Universal

Las etiquetas son importantes y existen por una buena razón: nos aclaran la identidad de las cosas cuando esa identidad no es inmediatamente evidente en la superficie. Una lata sin etiqueta es un objeto misterioso. Puede contener desde un alimento suculento hasta una sustancia venenosa y mortal .

En oposición a aquella tendencia ideológica contemporánea y suicida que ha desatado una guerra fanática contra las «etiquetas» y los «estereotipos», confirmemos aquí que muchas etiquetas son útiles y necesarias. Tal es el caso de la utilísima etiqueta «conflictos de interés» que nos advierte sobre la baja confiabilidad de las opiniones de ciertas personas sobre ciertos temas. Al no saber siquiera que existen los «conflictos de interés» muchos universitarios no saben qué actitud tener frente a ellos .

En la mayoría de los casos la actitud debería ser clara: si alguien tiene conflictos de interés deberíamos desconfiar de sus palabras, tomarlas por lo que son: las palabras de alguien que no puede, o no quiere, no sabe, o no se le antoja hablarnos con sinceridad sobre el tema objeto de su desagraciado conflicto de interés. Tenemos derecho a tratar a esa persona con desconfianza, y en algunos casos, dependiendo de la trascendencia o sensibilidad del tema, derecho incluso a tratarla como una persona fraudulenta y timadora, candidata a sujeto de denuncia. Si una persona detesta a las focas, tiene derecho a la libre expresión de sus opiniones contra las focas (artículo 6 constitucional). Pero, en cuanto a nosotros ¿por qué hemos de tomar en serio sus despotriques contra las dulces foquitas?

Si una persona odia a un cierto sector de la comunidad humana -a la gente nacida en Wyoming, o a los chinos, a los tepitenses, o a los hombres en general para el caso (sólo hay que oír a las sirvientas del odio Rita Segato o la señora Federici en sus giras universitarias por México)- ¿debemos omitir estas consideraciones cuando escuchemos los discursos de violencia verbal que pronuncian, o debemos mejor quizás considerar a estas personas sociópatas con conflictos de interés a las que no deberíamos prestar demasiada atención con espacio para «conferencias magistrales» universitarias? Esta es una pregunta que estamos obligados a hacernos si no queremos seguir pagando las consecuencias materiales de nuestras equivocaciones.

La semana pasada citaba yo el grave conflicto de interés de «gobernantes empresarios» que utilizan criterios privados para tomar decisiones cuyo efecto devastador y criminal se manifiesta años después en la pérdida de bienes nacionales públicos. Citemos ahora lo que yo considero un ejemplo de conflicto de interés grave al interior de prácticamente todas las universidades: el surgimiento inexplicado y misterioso durante los últimos años, de una numerosa red de académicos universitarios activistas que, difícilmente dejando en claro cuál es su metodología científica de investigación, utilizan su nueva plaza académica –estatutariamente promovida– para organizar «cursos de actualización docente» sobre cómo deben conducir y qué valores deben gobernar las relaciones entre hombres y mujeres. Hasta ahí todo parece ir bien. El conflicto de interés comienza cuando, dichos cursos son de pronto obligatorios, y los académicos activistas que los imparten proceden a escribir folletines, libros, y manuales de comportamiento universitario. Auto percibiéndose como personas «no binarias», dan ahora conferencias «en representación de los hombres»  sobre cosas como «nuevas masculinidades» ¿Conflicto de interés en estado puro?

Tengo aún fresca en la mente la mirada de una alumna con bellos ojos color verde baño reclamándome casi a gritos en medio de la clase que «no tomar más en cuenta la perspectiva de [un autor «no-binario»] sobre las “nuevas masculinidades” era discriminatorio e ilegal», a lo cual tuve que responderle que el reconocer niveles diferenciados de credibilidad según los conflictos de interés de los autores revisados en clase, no es discriminatorio, sino perfectamente válido y correcto, y para el caso de un profesor con ética profesional y que aprecia a sus alumnos, obligatorio.

Expliqué a la alumna que no era mi trabajo el enseñarle a ella «qué pensar» sino «cómo pensar». Le expliqué también que no era mi trabajo mentir a mis alumnos y alumnas, y menos el hacerlo de una manera programática, irracional y descarada con tal de mantener mi empleo. Le expliqué que todos tenemos derecho a expresarnos pero que nadie tiene «derecho a tener la razón», y menos -como en este caso- si el autor que produce los contenidos revisados tiene claros conflictos de interés con un tema que alude directamente a la sexualidad de los alumnos y de los profesores universitarios.

La respuesta descorazonada y colérica de la alumna fue que «no entendía como podía yo dar clases pensando de aquella manera». Cuando algunos profesores hacemos referencia a que la irracionalidad posmoderna, deconstruccionista, ilógica, anti-científica tiene secuestrada a la universidad y la salud mental de los universitarios, es en episodios como el anterior en los que pensamos. En perjuicio suyo, la alumna nunca entendió -o nunca estuvo en sus planes el hacerlo- el significado del importante concepto conocido como «conflicto de interés».

Resumiendo: parece ser que hay al menos tres tipos de conflictos de interés:

Primer tipo: aquellas situaciones en las que de manera deliberada alguien se coloca en un conflicto de interés para sacar alguna ventaja del mismo. Por ejemplo, el servidor público que privatiza la empresa de la cual luego él es accionista una vez dejado el cargo (Zedillo y los ferrocarriles, Calderón e Iberdrola), o como el caso previamente citado de los académicos «no-binarios» queriendo imponer sus criterios en un ámbito «binario».

Segundo tipo: conflictos de interés generados por preguntas insensibles y necias (los ejemplos mencionados la semana pasada: nunca preguntes a un peluquero si necesitas un corte de pelo, ni al dueño del zoológico si le gustaría ver a sus animales en la selva, etc.

Tercer tipo, llamémosles «conflictos de interés 2.0» son los inherentes a la condición de la persona cuando está desea cosas que chocan frontalmente con esa condición: el señor que quiere ser cura católico y al mismo tiempo quiere ser promotor de ideologías y teologías absolutamente contrarias al catolicismo y a los católicos (como ya ocurre al interior de ciertas universidades católicas). La madre edípica comunista que al mismo tiempo quiere hijos empresarios capitalistas autorrealizados y económicamente prósperos. El joven empresario ecologista que al mismo tiempo quiere hacerse millonario y vivir en la opulencia material vendiendo productos ecológicos. La novia feminista del joven empresario ecologista, emperrada en estudiar en una universidad católica para promover desde ahí el aborto (junto con el cura). El economista neoliberal «ciudadano del mundo» que al mismo tiempo quiere dar lecciones sobre cómo debe funcionar una economía nacional soberana -ej. Gabriel Cuadro-. El profesor «no binario» que quiere gobernar las relaciones entre gente declaradamente «binaria». Y para no ir más lejos, aspirantes a dirigir naciones (ej. Hillary Clinton) que quieren ver un «futuro de la humanidad femenino» y al mismo tiempo mantenerse en una variante ideológica de feminismo radical destructiva de familias, tejido social y posiblemente causal importante de feminicidios en el planeta.

Los conflictos de interés 2.0 comenzaron allá a mediados de los años 90, con lo que podríamos llamar el «el síndrome Vicente» fenómeno visible en aquellas cabezas de institución que quieren todos los privilegios y estatus de ser «la autoridad» pero ninguna de las «responsabilidades» que esa autoridad conlleva.  Identifica uno fácilmente a estos engendros,  cuando, pretendiendo dirigirse a ellos con respeto y de acuerdo a la investidura y autoridad que detentan, estos contestan «sí, pero primero… háblame de tú».

andresbucio.com
andresbucio@protonmail.com

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