El problema de cómo ser alguien en la vida, de cómo labrarse un cierto estatus social, para ocupar un lugar en el mundo —problema que tiene al hombre ocupado desde que nace hasta que muere—, a la mujer promedio, comparativamente hablando, la tiene sin cuidado. Nace con el problema resuelto, al menos en su parte más delicada y compleja, que es la existencial: ella reproduce a la especie.

El problema está resuelto para ella también, desde el momento en que elige al marido adecuado, aquel congruente con lo que ella puede ofrecer y —desde luego— si no es una feminista inteligente que renuncia a la maternidad a los 22, se arrepiente a los 42 y entonces un día decide dar a luz a un perro, al que pone un mameluco, le truena los dedos y lo llama «guapo».

Lo anterior explica la eterna —y hasta cierto punto, normal— dinámica de convivencia y rutinario desencuentro doméstico en no pocas parejas: mientras que ella no ve inconveniente en que los dos pasen sus ratos libres pidiendo comida a domicilio, viendo series de TV o películas taquilleras y saliendo de vacaciones «con amigos» a lugares turísticos chatarra pero aptos para sacarse selfies (como el festival del globo en León, Guanajuato), él —si es un hombre promedio genuino— tarde o temprano experimentará la sensación de estar perdiendo un poco su tiempo al lado de ella y su sosa agenda de actividades. Tiempo que podría estar dedicando a asuntos más significativos o de mayor calado. Ella no lo ve así, piensa que su novio o cónyuge está siendo «narcisista» ¿por qué piensa así?

Ocurre que desde que el homo sapiens empezó a vivir civilizadamente, a la mujer siempre le ha correspondido tener el monopolio sobre la sexualidad, la reproducción, los hijos, la vida privada, y la aceptación social: ellas deciden qué es y qué no es aceptable socialmente, desde bad boni hasta las vacunas contra el covid. La mujer —a diferencia del hombre— nace teniendo estatus por su sola biología: ella es quien reproduce a la especie, nada menos ¿alguna objeción a eso?
Junto con ese estatus, —y a diferencia del varón— ella siente que dispone de una enorme cantidad de tiempo libre qué hay que «matar» con «pasatiempos», para lo cual son necesarios «recursos». Y por supuesto, todos los recursos con que cuenta el mundo son movilizados — o no— según la presencia de las mujeres. No por nada, Aristóteles Onassis, uno de los más grandes magnates que han existido, dijo alguna vez:
Si las mujeres no existieran, todo el dinero del mundo carecería de significado
Aristóteles Onassis
Y antes de continuar, mal haríamos en no preguntarnos ¿Y el dinero que ganan las mujeres solteras y sin hijos y abocadas al «éxito profesional» tiene algún significado?
La respuesta en general es que no. Cuesta mucho trabajo imaginar situaciones en las que el dinero que ganan las mujeres solteras y sin hijos pudiera tener algún tipo de significado, como por ejemplo, ayudar a los pobres, a algún familiar, o ser aquella singular mujer entre millones de mujeres con algún raro (rarísimo) talento, que decide entregarse en cuerpo y alma a alguna rara misión empresarial, científica o artística.

Más allá de convertir a la producción de alimento canino y felino, en una de las mayores industrias globales — el dinero que ganan las mujeres solteras y sin hijos suele escurrirse por las alcantarillas de la industria de la vanidad, la frivolidad y el autoengaño. Que las mujeres estén dispuestas a pagar más dinero que los hombres por casi cualquier producto de consumo o servicio a nivel mundial —la llamada tasa rosa— no es ninguna casualidad. A la lista de compras hay que agregar, por cierto, toda clase de fármacos contra la depresión, la ansiedad, los desórdenes alimenticios y los múltiples padecimientos mentales.

El feminismo contemporáneo hace que las mujeres en bola utilicen todo el poder brutal que siempre han tenido, de una manera asombrosamente irresponsable, destructiva y estúpida: envenena las relaciones y destruye el tejido social sin el cual no existe la convivencia y la paz doméstica y social que tanto dicen anhelar. El afirmar que el feminismo contemporáneo es algo muy parecido a una enfermedad mental, está muy lejos de ser una exageración.

Una guerra contra el hombre acabará desatando —si no es que ya ha sido desatada— una guerra contra la mujer, que no quede duda alguna de eso. Esta violencia y muerte solo empeorarán si estando en el hoyo se insiste en cavar. Las instituciones políticas no están atendiendo a las necesidades del varón, por un lado, lo están ignorando, y por el otro, buscan castrarlo colectivamente.
Están queriendo hacer ingeniería social en guerra contra el hombre y en guerra frontal contra la naturaleza biológica del ser humano. Frente a ello, la madre naturaleza solo puede ser cruel, despiadada e implacable en su venganza. Ese es el mensaje que ya deberíamos estar aprendiendo, por las malas.

Dado lo anterior, ya deberíamos saber también que la causa #1 de «violencia feminicida» es precisamente el feminismo contemporáneo que tiene como objetivo (se percaten de ello o no) el sembrar la desconfianza, el rencor y el desprecio, dinamitar la relación de respeto, amor y dignidad entre hombres y mujeres, y el destruir a la sociedad desde su raíz más íntima que es la sexualidad.
No lo dudemos ni por un segundo: la versión femenina del pedófilo es la «educadora feminista» y propagandera, misma que debería estar en la cárcel si nuestras instituciones y leyes no estuviesen tomadas, financiadas y corrompidas por los grandes poderes globales que gobiernan este mundo.

Alguien les metió en la cabeza —a esos titiriteros globales— que el confundir sexualmente a la población del planeta solucionaría todos sus problemas. Y desde luego, empezaron por los más manipulables: la gente que solo sabe «pensar» y actuar en «colectivos».
Todos, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos tenido que adaptar a circunstancias adversas. El problema que hoy enfrenta toda persona ecuánime, no es de naturaleza adaptativa, mucho menos tiene algo que ver con reunir la suficiente fuerza de voluntad o entereza. La inteligencia y el corazón nos dice que estamos siendo invitados a formar parte de algo que sabemos que no va a funcionar. Como la guerra. Uno puede adaptarse a la guerra, a la muerte y a las ratas. El problema es que la guerra no funciona porque no es, ni un sistema social y de valores, ni un proyecto de vida, sino un proyecto de muerte. Y lo mismo es el feminismo.
Uno puede adaptarse al feminismo, a las «nuevas masculinidades» y a toda la cultura chatarra que generan, pero eso no va a hacer que funcione, o que uno prospere, o que uno crezca, o que uno se sienta «en armonía con el universo»: al igual que la guerra, el feminismo no funciona porque no es un proyecto de vida, sino un proyecto de muerte. En estos momentos, existen millones de mujeres en problemas, pero no hay nadie que las pueda ayudar porque, en primer lugar, no quieren ser ayudadas, y en segundo, porque están hundidas hasta las narices en un entorno cultural feminista que las tiene intoxicadas con el tipo de mentiras que ellas quieren escuchar.

Se dice que deberíamos de estar felices porque no sabemos lo que es la guerra, que vivimos tiempos de paz. Yo pienso que la cultura actual hiperfeminizada, es la guerra mundial calamitosa de nuestros días: está ocasionando tanta crueldad, desamparo y muerte como las dos guerras mundiales del siglo XX. Los 80 adolescentes al día en promedio que mueren en las guerras del narco en nuestro país, tienen que ver con esa guerra, son muchachos que no encuentran su lugar en el mundo, vienen de familias rotas y de madres solteras. Eso que llaman «feminicidios», es muy probablemente la respuesta a la guerra que ha emprendido la mujer contra el hombre.

Todas estas chicas, si realmente les preocupa reducir la violencia, podrían, de vez en cuando, dejar de actuar en bola, regresar a sus casas, encender el cerebro, cultivar buenas e inteligentes relaciones con los hombres de su entorno, ponerse a estudiar un poco de ciencias naturales, y esperar a ver si algo de luz les empieza a clarear un poco la mente sobre las causas verdaderas de la violencia y sobre su responsabilidad directa en ello.
